¡No jodas! ¿Estás escribiendo otra vez? Venga… y empezando con tacos. ¿Qué pasa?
Que tengo cincuenta y tantos y empiezo a entender eso que antes oía de lejos y que ahora ya es un murmullo cercano: a según qué edad una puede y dice lo que le canta. Pues eso.
No voy a venir con la monserga de que he vuelto porque ni siquiera sé si he ido, que la falta de estrógeno me tiene el coco sorbido y está una para poca promesa.
Al tema, que me apetecía escribir y aquí estoy. Me acabo de leer a mí misma y… ¡último artículo agosto 2025! Ha llovido, ha granizado y he roto cuatro paraguas por el camino.
Y es que, desde que hace ya casi año y medio que me dedico en cuerpo, alma y falta de sueño a esta aventura que es emprender, impostora mediante, han pasado muchas cosas.
Primero… ¿las malas o las buenas? Las malas siempre. ¡Viva el morbo!
Pues mirad, he perdido al 80% de mis amigas, así plis, plas… ¡hasta luego, Mari Carmen! Y es que no nos damos cuenta, pero cuando somos corporativas vestimos un traje reconocible que da cierta seguridad y apego de grupo. Pero… cuando decides sacarte ese traje y te ven con esa malla ridícula, a lo Superman, que se te pega al cuerpo y que reza “SE” Super Entrepreneur, pues ¡si te he visto no me acuerdo!
A mí no me sabe mal. Yo creo que es como cambiar de pantalla. Como si fueras un árbol que, al cambiar de estación y menear el tronco, se le caen las hojas caducas. Ellas siguen siendo majas y yo también, solo que ya no vemos la vida igual… y no pasa nada. Duele un poquillo al principio, pero sana, sana, culito de rana o, lo que a estas alturas de la vida sería: “aguántame el cubata que echo una lloradita”… y seguimos para bingo.
¿Las buenas? Llegó gente maravillosa, que te entiende, te abraza y pierde el sueño contigo. Esa que se pega un brainstorming a tu lado, a ritmo de “lo veo, lo veo”, y que te hace volver a casa con subidón… aunque al día siguiente te levantes, abras el portátil, mires las notas y pienses: “¿esto exactamente qué era?”
He aprendido paciencia… bueno, o algo parecido, que tampoco me quiero crecer. Y resiliencia, a cascoporro, porque si no, a ver cómo haces para sembrar y sembrar y seguir sembrando sin ver nada. Ni cerca, ni lejos, ni señales, ni un mísero “vas bien, sigue así”. Solo tirando de eso que dicen de “confía en el proceso”. Que yo a veces pienso: ¿el proceso sabrá que estoy confiando en él?
He cambiado trabajar 8h por trabajar 14h, pero pudiendo disponer de mi tiempo. Viajar un martes si me apetece y también trabajar un domingo de sol a sol. Decidir… aunque a veces decidir me deje más cansada que si me pongo a fregar. Organizarme… bueno, llamémosle así, aunque haya días en los que lo único organizado sea el caos con agenda.
Y aun así, aquí sigo. Incluso en los días de “¿pero yo qué hago?”, hay algo dentro que me dice:
TIRA … ¡QUE ES POR AQUÍ!
¡Venga! Pues ya me he desahogado… Dios mío, ¿habrá alguien al otro lado?
¿Hola? ¿Hoooooola…?





















