The American Dream (4): En busca de John Wayne.

Eran las 6.45 am y amanecía en Las Vegas, puesto que no morí del corte de digestión del día anterior, no hubo cambio de planes y mi persona se embarcaba en una semana de tour por el lejano Oeste.

Mucho mucho antes de que llegaran las “películas tontas del domingo tarde”, lo que ‘echaban’ por la tele, eran westerns. Mucha pistola, mucho duelo y mucho forastero, más despechao que Rosalía, buscándole las cosquillas al Sheriff.

Por eso cuando te adentras en esos paisajes, te imaginas fácilmente a John Wayne bajando por la colina a caballo y dos indios, lanza en mano, detrás de él.

Y aquí servidora tomándose muy en serio el look cowgirl ….

Bueno, la cosa está un poco cambiada. Las montañas siguen igual de legendarias. Ya las diligencias serían autocaravanas bien equipadas y con nevera no frost y a los indios, pues solo les queda la fisonomía y el pelazo, porque llevan Levi’s y se sacan el iPhone del bolsillo como tú y como yo.

Pero que los paisajes están y son de infarto, pues eso sí.

Pues no que he perdido el Iphone por la colina…

Gran Cañón es absolutamente majestuoso, es tan brutal, que apabulla. Hay momentos que piensas “esto es un escenario o un póster”. Es sublimación en vena y Stendhal en alma y la forma más bonita de sentirte diminuto. Yo, que ya había estado, me re-robó el corazón.

Lo de Monument Valley es para el recuerdo. Subirte en un jeep con el navajo de turno y adentrarte en esos paisajes, que son puro wild west, es fascinante. Cierto es que tú en ese momentazo lo ves todo nivel entre brutal y brutalísimo. Que tuvimos un indio tocando la flauta, con un desafine que ni yo en el curso que me toco asignatura de música la tocaba tan mal. Pero claro, estás ahí, el indio es real, el calor te atonta y tú ves aquello como la experiencia de tu vida.

Venga, vosotros los del jeep ¡todos aquí abajo!

Pero no. La experiencia de tu vida es ir a un Rodeo. Y ver a esos vaqueros con esas perneras perder el sombrero a lomos de un caballo saltarín. ¡Vamos que nos vamos! Me pego yo esos leñazos cayendo del caballo y no salgo del osteópata en meses.

Bueno, que al momento una ya estaba: “Apuesto por el tres. ¡El tres!”, que #marido decía: “¿Seguro que tú no has hecho esto antes?”. Yo creo que en una vida pasada fuí una vaquera con un rancho en Ohio y la visión de aquellos hombretones trotando propicio un deja-vu instantáneo. No le veo otra explicación.

Id llamando a mi masajista, que me parece que de ésta se me desalinean los chacras…

Al día siguiente Bryce Cañón. Tan rojizo, maravilloso y espectacular como lo recordaba. El cañón estaba igual la que estaba diferente era yo. Que he desarrollado un vértigo que, faena tengo para asomarme al balcón de casa, como para bajar por esas colinas sin quitamiedos. Baje 500 metros y me cogió el efecto-araña.

Ese que te pegas en la pared y subes rascando las manos contra las rocas. ¡Aysss! Calla, calla, que angustia. Ya una vez arriba y en modo abuelita dije: “Pues una preciosidad, ya si eso lo voy a ver desde arriba”. Una pena como se estropean los cuerpos. Y las cabezas.

¡Que no bajo! ¡Que no lo veo claro!

Esa noche dormíamos en Page. A doce kilómetros de Horseshoe Bend, que así en cristiano, es ‘Curva de la Herradura” y claro, pierde toda la magia ¡veis porque no me gusta traducir!

Esta maravilla es Horseshoe bend…

El caso es que le digo a la criatura que atendía recepción: “¿Me puedes llamar a un taxi?”. Esa mujer llevaba unos pestañones postizos que provocaban rachas de viento al mirarte.

Y eso hizo, me miró como si estuviera loca, pestañeó dos veces, me movió el flequillo y me dijo:

“No taxi. Only this” y me largó una tarjeta que ponía “Buggy Taxi”, con un dibujo, que bien podría haberlo hecho mi sobrina con sus plastidecores.

El tema parecía poco fiable pero ¡una no está por esos lares cada jueves! Así que, me arme de valor y llame al Buggy Taxi. Llegó un señor extraño al que se le entendía poco y apetecía menos hacerle preguntas. Pero ¡mira! nos dejo en el sitio y tuvimos un atardecer magnifico contemplando aquella grandiosidad de la naturaleza.

¿Ha pedido usted un Buggy Taxi?

Otra cosa, fue localizar al Buggy Taxi de vuelta. Me veía yo ya haciendo dedo, cuando la chica de la taquilla de Horsebend me dijo: “No será aquella luz que hay en aquel descampado. Hace tiempo que está allí parado ese coche”.

Dadas las pocas opciones que teníamos para volver, allí que fuimos, pensando que nos íbamos a encontrar a la niña de la curva por lo menos pero, no. En su lugar, había una yayita con demasiados años para estar haciendo de taxista o buggytaxista que me dijo: “Aligggsia” y dije: “Sí, sí. ¡yo!” Volvimos sanos y salvos al pueblo justo para rematar el concierto country en el bar de al lado del hotel.

Pues ya está aquí su Taxi Driver

Acabé mi limonada y me fui a la cama. Al día siguiente regresábamos a Las Vegas. Esa noche me fui a dormir repitiendo un nuevo mantra: “NO beberás granizados en Las Vegas” “No beberás bebidas muy frías…”, pero claro lo que no sabía entonces es que, en mi semana de forajida por el oeste, se había instalado una ola de calor en Las Vegas.

Y claro…

CONTINUARÁ.

#YoNoSoyGente #YVosotrosTampoco

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The American Dream (3): Un autocar lleno de italianos y un guía-madraza.

Cómo ya os conté en mi posteo anterior, en los Ángeles servidora estuvo un día. Uno. Una unidad. Aunque eso habría que contárselo a mis piernas después de haber caminado 14 kilómetros, que el día les supo a semanas.

Al día siguiente subíamos en un autocar para iniciar un tour de una semana por el Oeste Americano, pero antes íbamos de tirón hasta Las Vegas y hacíamos noche. ¡Madre mía! La de tiempo que hacía que no iba yo en autocar. Me sentí como si fuera de excursión con el colegio, pero sin mis padres al otro lado de la ventana gritándome: “pórtate bien”.

¡Venga! ¡Pues ya estamos todos en el autocar!

Un autocar en el que convives muchas muchas horas, es una especie de Gran hermano móvil. Hay que hacerse a la fauna que lo ocupa y resistir. El tour era mayoritariamente italiano, excepto por diez españoles bravos que nos habíamos atrevido a vacacionar cruzando el charco.

Al guía debían pagarle como se pagan las traducciones: por palabras. ¡Madre del Amor Hermoso! La verborrea que tenía ese hombre. Pensad que, si os lo digo yo, que le doy a la sin hueso con cierta avaricia, el tema era de harakiri hacía arriba.

Entre lo que cascaba el guía y los de detrás de mi asiento, el curso de ‘inmersión al italiano’ que he hecho no está pagado. Os lo digo yo. Me dejan cuatro días más y soy la nueva Carrá. Per favore!

¡Ojo! ¡Cuidado! Que al final del viaje ya hacía alguna frase en italiano…

El guía del tour era un poco especial. Era una mezcla de boy-scout americano con madraza protege-pollitos. Una combinación muy rara. Creo que ni mi madre se ha preocupado tanto porque comiera bien y a mi hora.

  • Bajamos a hacer una pausa. Acordaros de comprar un ‘panino’ por si tenéis hambre.
  • Bueno, pues parece que nos vamos a retrasar 30’ podéis comeros el panino ahora.
  • Per favore, non mangiare patatine e cioccolatini, que os voy a llevar a un buen restaurante y no vais a tener hambre.

Tuve que acostumbrarme, porque al principio panino arriba, panino abajo daba un poco la lata, pero vamos que al final casi lo adopto como nutricionista-coach. ¡Una maravilla!

Sempre primero el panino y después las patatine…

Pausas mediante, llegamos a Las Vegas a las 4 de la tarde. ¿En serio? WTF? Pánico daba bajar y con razón. El golpe de calor como si te estuvieran dando con un secador en la cara es de impacto. Eso no lo para ni los cuatro de Locomía juntos moviendo el abanico a la vez. Ozú! Como el infierno sea así, habrá que ir portándose bien…

Baja del autocar, cariño. Que yo ya estoy abajo.

Así que hicimos lo único razonable que se podía hacer en aquel momento: meternos en la piscina. ¡La piscina! En aquel recinto lo de bañarse era lo de menos, estaba lleno de Jay-Z’s con tres Kardashians por cabeza. Lujo, despilfarro, ostentación y postureo al kilo.

Fue uno de esos momentos en que tu cabeza te grita: “¡Hay otra vida, hay otra vida! Así que, ¿qué estás haciendo con la tuya compañera?”. Después de ese baño me estallaba el cerebro, en plan: “Tienes que tener una idea brillante para vivir de lujo y no madrugar”.

Vale. No he llegado a ninguna conclusión de momento, pero cualquier sugerencia es bienvenida.

La piscina del hotel…

Y luego nos tiramos a hacer una primera toma de contacto con la ciudad. Caía fuego y , cual ganado suelto, necesité abrevarme a las primeras de cambio. Granizado fresquito ¡sí! Dos tragos y corte de digestión. Recuerdo estar tirada en el lavabo del Casino Flamingo, preguntándole al Sargento.

  • Pero ¿de un corte de digestión me puedo morir?
  • Sí, claro.

Hay momentos en que la sinceridad no cotiza. Ese instante en que una mentira blanca puede dar esperanza al compañero moribundo. Pero él es así, sincero, directo, llano. A mi favor, os diré que llevaba ese día un vestido maravilloso de lentejuelas. Agonizante sí, con glamour también. Si hubiera palmado, mi vestido de fantasma sería divino.

  • Pues, creo que aquí nos despedimos – le dije yo.

Bueno, el caso es que desaloje de mi cuerpo todo lo del día, me lave la cara, me estiré un rato y pedimos socorro como se pide hoy en día: “Uber, ¡ven a por mí!” Ays, compañeras ¡qué mal rato y que calorín! Ni un banco hay para sentarse en Las Vegas. Ni un triste abanico llevaba yo.

Cuando tu compañero no te anima precisamente.

Ya en el hotel, puse el aire acondicionado nivel #esquimal y me desmayé en la cama. En una semana volvíamos a Las Vegas. Nota mental: No tomar granizados. Hidratarse a temperatura ambiente.

Y me dormí. Y soñé que al día siguiente me iba a Gran Cañón. Solo que no era un sueño…

#YoNoSoyGente #Ytútampoco

CONTINUARÁ.

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The American Dream (2): De Pretty Woman a BayWatch pasando por 90210 Beverly Hills

Mi llegada a Los Ángeles fue con nocturnidad y alevosía y con un cansancio, cómo diría mi abuela: “como si llevara una persona echá en todo lo alto”. Así que esa noche toco hotel, hamburguesa, cama y el sueño que se pudo.

Un día pasé allí. 24 horas, compañeras. Y lo que me rindió.

A Los Ángeles, le pasa lo mismo que a New York que, de tanto verla, crees reconocer cada recodo y todo te suena de alguna peli. El paseo de la fama estaba tal y como lo recordaba hace 25 años, feote. O como diría el poeta: “inhóspito y cabrón”, con tiendas de suvenir a ambos lados y bastante suciedad. Parece ser que solo le echan un barrido y un lavado de cara cuando alguna estrella viene a consagrar su ídem.

Servidora, plantando su estrella, en pleno paseo. ¡Que ya tardaba en tenerla!

Al tema, que estuvo servidora no poco tiempo gastando suela buscando la estrella de Madonna. Y venga preguntar al personal que por allí había y que no tenía pinta de turista.

  • Where is Madonna Star?

Y el personal, dale que te pego con el “I don.t know”.

El caso que Madonna no tiene estrella en el Paseo de la Fama por qué no acudió a la ceremonia de entrega y los organizadores pospusieron indefinidamente la conmemoración. Pa’ diva ella. Que ni estrella necesita, ya si eso, ella misma en el firmamento.

¡Ala! Desilusión Máxima. Suerte que encontré la de Marylin. Y todo queda entre blondies. Mira tú.

Pero vaya que está ese paseíto un poco privado de glam, para que nos vamos a engañar.

Luego entramos en Beverly Hills y en mi cabeza… na-na-na-nan…na-na-na-na…la música de 90210, aquella serie de unos cuantos niños pijos que vivían en la zona a cuerpo de rey. ¡Ays! ¡Madre! Lo que me gustaba a mi esa serie.

En mi defensa alegaré que tenía 19 años y ganas de ver mundo, Facundo. Yo claro, quería ser Brenda. Que si, que la guapa era Kelly, pero Brenda tenía ese no-se-qué, que qué-se-yo que se veía venir que era una tía complicada que iba a dar problemas. Por eso le iba el molón de Dylan, el malote de turno, con pinta de dar disgustos a capazos. El hambre y las ganas de comer. Duro con tieso. Complicado.

Como somos las mujeres queridas, en vez de elegir a Brandon con su cara de buenazo o al pagafantas del rubiales, que no recuerdo el nombre, pero era el hijo del director de la serie, nosotras ¡a lo complicado!

Brenda era una tipa complicada…

Luego un paseíto por Rodeo Drive, acordándote de la espectacular Julia Roberts paseando palmito por esas tiendas. Que a ella no querían venderle nada pero que yo no hubiera podido comprar ni una cremallera en esas tiendas también os lo digo. Que a mí me da la nómina para viaje o sortija, y está claro lo que elijo. De todas maneras, mola darte el paseíllo por la zona y disfrutar del ambiente ‘posh’ mientras te imaginas a Richard Gere en sus años mozos paseando en su deportivo.

El Sargento y servidora en Rodeo Drive, intentando parecer que tenemos pasta.

Y ya por la tarde a Santa Mónica y su famoso Pier. A comer los jalapeños más ricos de la vida, a pasear por sus atracciones de aire retro y a vivir el ‘Californian flow’. Que igual pensáis que no es posible en tampoco tiempo, pero ¡qué va, que va! Me senté en un café de Venice Beach, y entre bicis, patinadores y musculitos me sentí como Pamela Anderson, en un descanso de la grabación de los Vigilantes de la Playa, pero menos recauchutada, eso sí.

Los Ángeles, la ciudad en sí, es un poco desperdigada, pero en las playas se respira un aire de libertad, buenrollismo y vibra guay a kilos, que te da para entender el porqué de los Beach Boys y su “Good Vibrations”.

Sargento ¡pásame la camiseta! Que Pamela no ha venido hoy al rodaje y…

Cómo no tenemos límite ni lo conocemos caminamos a lo Forrest Gump, desde Santa Mónica Pier hasta Muscle Beach, que como su nombre indica, es donde está el personal sacando pectoral y musculitos y dejándose querer ¿de verdad esto todavía es espectáculo? Really George? Que dirían los de Nesspresso…

En fin, que L.A. tiene su aquel, que un día más no hubiera estado mal, pero la noche nos alcanzó tomando unos hot dogs en la playa, y como en la oscuridad todos los gatos son pardos y nosotros en la zona, dos pardillos, salimos en la grandeza de un Uber dirección almohada acogedora de hotel.

Al día siguiente, se madrugaba, íbamos para Las Vegas, del tirón. Nuestro primer contacto con la ciudad del pecado, iba a ser solo una noche, pero…

Continuará...

#YoNoSoyGente #Ytútampoco

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The American Dream (1): ¡13 horas de vuelo! ¡Azafata que vas, turbulencia que vienes!.

Buenas, buenas,

Aquí de nuevo, Jones. Me había tomado un lapsus-pausa-descanso-vacaciones que ya ni me acordaba yo de las florituras que solía escribir por estos lares.

Hasta que el viaje de mi vida, bueno, de este año, bueno de Julio me ha despertado las ganas de volver a teclear…

¡Vamos que nos vamos!

avion

Os confieso, que, de un tiempo a esta parte, desde que escucho a Marian Rojas (psicóloga que os recomiendo), me siento mucho mejor conmigo misma.

Ella dice: “Lo que aceptas, alivia”.

Pues eso, que yo acepto que soy un alma nómada, una viajera incansable, una esquiva-casas, una pisa-aeropuertos y ya, oye, me siento yo muy muy aliviada. Bueno, también soy una vacía- cuentas corrientes, pero ya si eso lo hablamos otro día.

Hablemos hoy de meterse 13 horas entre pecho y espalda en un Airbus 320. Como diría Miguel Hernández…

No tengo ya estos huesos hechos a estos asientos
ni a las cavilaciones estos checkings:
azafata que vas, turbulencia que vienes.


O era algo así ¿no?

El caso es que con la ilusión por bandera es capaz una de subirse una hasta en un borriquito. Así que allí estábamos el Sargento y yo, con una intimidad extrema y el espacio personal aniquilado en dos mini asientos con el corazón encogido y las rodillas más.

No te importa si me apoyo un poco, ¿verdad? Si no voy a dormir…

sin espacio personal

La historia es que hacía bastantes años que no cruzaba el charco y me pillo el tema desentrenada. Con deciros que a la pregunta de la azafata:

  • ¿pollo o pasta para cenar?

Dije pasta. Cuando todos sabemos que la pasta en los aviones no solo no va a estar ‘al dente’ sino que es posible que se haya hecho “pasteta”. Por supuesto, la Ley de Murphy aplicó y el pollo estaba infinitamente mejor. Estoy especializada en coger la opción chunga del momento. Soy la mejor en eso.

En fin, que a mí me gusta llevar comida en los aviones, no porque la disfrute sino por lo que me entretiene. Desenvolver, colocar, sacar los cubiertos, organizar todo en la bandejita…

¡Venga, Jones! ¡Que tampoco están tan mal los spaguettis!

venga va comete los spaguettis

De hecho, tanto registrar lo que subes a bordo, y el panecillo que nos sirvieron, podía haber sido un alma arrojadiza que lanzado con cierta potencia rompiera algún cráneo. De la ensaladilla rusa, ni mención, esa mahonesa te gritaba indigestión desde su potecito.

El caso es que volábamos de día, que es una jodienda. Porque mira si tu subes al avión después de haber echado el día en algún sitio, está tu cuerpo que ni película necesitas.

Pero claro saliendo a las dos de la tarde, iba yo con los ojos cómo un búho. Que me pedí una botellita de vino y aun así me tragué entera “Troya”, ¡que dura tres horas.! Por cierto, que o yo de pronto estoy muy erudita o la película me pareció entre un poco y muy simple. Ni Brad Pitt me alegró el vuelo.

No acabé yo de ver a Brad Pitt muy por la labor en TROYA.

troya

El caso es que al final decidí tirar de pastillazo y conseguí despertarme a la hora del “muffin” que como además sirven té, pues le daba cierta clase British al asunto y lo glamurizaba un poco.

Llega un momento que, tirando de imaginación (bueno o de segunda botella de vino) consigo evadirme de que estoy en un avión, pero entonces… amenizando el camino unas poquitas de turbulencias aquí, otras allí.

Y en esos momentos me siento muy muy frágil y me doy cuenta que mi vida está ‘en el aire’ y nunca mejor dicho. Y como dirían los cubanos “se me va el coraje al piso”.

Acepta y alivia: Eres cobarde Jones. No pasa nada.

Aysss, madre, ¿porqué siempre tocan unas pocas turbulencias?

turbulencias

Menos mal que, estaba ya cogiendo la postura 657 intentando que no me dolieran las rodillas, la espalda, los codos o las pestañas, cuando el comandante empieza a anunciar el aterrizaje y a mí me empieza a perrear el ojo izquierdo de la emoción.

Los Ángeles. América. The Dream. Y yo estaba a un tren de aterrizaje de pisar tierra.

Screenshot_20220801-211322_InstagramY en ese momento vuelven las mariposas al estómago (vale la pasta no me sentó bien, pero dicho así pierde romanticismo), te pones el cansancio por montera y recorres el pasillo que te separa de inmigración y sus dos horas de inevitable cola.

Suma y sigue después de 13 horas de vuelo ¡vendrá ahora de un par de horas!

Que si vienes a matar al presidente, que si te has traído unas droguitas, que no serás terrorista ¿verdad? Vamos, esas preguntas tan normales que se suelen hacer a la llegada y que te dejan el cerebro todo loco.

 

Pero tu resistes y por fin…

Sales. Estás en Los Ángeles.

Tú. Tú que siempre habías querido una estrella. Ya te ves…

Continuará.

#YoNoSoyGente #YtúTampoco

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