#MeEstoyPoniendo

Hace unos años escribí este POST sobre una amiga con la que nos #estabamosquitando.

¿De qué?

Nos estábamos quitando de todo.

Del vino, porque engordaba.
Del sol, porque salían manchas.
De las cenas entre semana, porque ya no estábamos para esos trotes.
De salir, de trasnochar, de posturear…

A esas edades, que debíamos tener cuarenta y tantos, estábamos muy preocupadas por quitarnos cosas de encima.

Bueno.

Ayer me encontré con la misma amiga.

En la piscina.

Tomando el sol… y una cerveza.

Y me dice:

—Yo no solo #nomehequitado, sino que ya he abandonado esa idea. Creo que más que #quitarse, con estas edades, hay que #ponerse.

Y ahí me quedé pensando.

Porque resulta que ahora, con cincuenta y tantos, está la menopausia haciendo de las suyas, el sueño se ha convertido en una actividad de riesgo, la paciencia desaparecida junto con los estrógenos y la memoria riéndose de ti, mientras tú andas buscando las gafas con las gafas puestas…

Y los padres mayores, sus médicos, sus citas…

Además está tu trabajo, los proyectos, los WhatsApps con audios de cuatro minutos que no puedes poner x2 porque el riego ya no te da para tanto…

Vamos, ese maravilloso pack de responsabilidades que no dejan de crecer y crecer.

Porque aparentemente hacerse mayor consistía en tener más cosas de las que ocuparse y menos neuronas disponibles para hacerlo.

Hay que ser muy fuerte para sobrellevarlo todo, por eso…

Igual nos estábamos quitando justo lo que ahora necesitamos ponernos.

Un poco de vino.
Un poco de sol.
Unas amigas.
Una cena que se alarga.
Un poco de fiesta.
Un vestido y salir.
Reírnos hasta que nos duela la barriga.

Y paciencia.

Bueno, esa sí que nos la hemos #quitado. Y esa me temo que va a ser difícil #ponérsela.

Que tampoco digo yo que haya que ponerse como Las Grecas.

Pero ¿y si a estas alturas de la vida no necesitamos quitarnos tanto?

Igual necesitamos ponernos.

Porque cuando teníamos cuarenta nos pasábamos la vida pensando en cómo quitarnos años.

Y ahora que los tenemos, igual va siendo hora de ponernos la vida.

Hazme caso. No te quites. Ponte.

#YoNoSoyGente
#MeEstoyPoniendo

NADIE NOS AVISÓ.

Mis articulaciones han pedido clemencia, así que he decidido darme un baño. He llenado la bañera de agua bien caliente, de esa que hace pensar que igual hoy sí consigues resetear la vida entera, y me he propuesto relajarme. Me he traído un poco de palo santo y una tisana. Sí, sí, atrás quedaron los baños donde lo que me servía era una copita de vino. Eso también se acabó. La acidez me mata.

Me llevo a Alexa, compañera infatigable de vida, al baño y le pido que me ponga música random melódica. Y se arranca Black con su Wonderful Life.

Ni darme un baño tranquila puedo. Mi mente no me deja descansar…

Cierro los ojos y tengo 16 años, quizá 17. Estoy en una discoteca. Hay dos pistas: la de música rápida y la de música más suave, en la que ponen media hora de lentas cada sesión. Voy al lavabo, que está justo en medio de ambas, y cuando suena Black corro a buscar a mi amiga y le digo:

—Vamos, vamos, que han empezado las lentas.

Black fue una de las primeras lentas que bailé y la banda sonora de mi primer morreo. El tipo era alto y se llamaba Cristóbal. Ahí estábamos él y yo, bailando como si se acabara el mundo. Y de lejos veía a mi amiga Mabelén, con su vodka con naranja en la mano y cara de: “Tía, lo tuyo con los altos es vicio”.

Llevo un chalequito estampado de flores con un ribete negro y una cadenita, que anteriormente había sido una falda. Sí, sí, es que en mi casa las cosas tenían varios formatos antes de ser desechadas. La ropa la hacía mi madre y yo, con aquel chalequito, era la reina del mambo.

Remembering first morreo… ayss!

Se acaban las lentas y el ligoteo y me quedan dos rápidas antes de salir corriendo para no perder el bus. Y de hecho, si lo perdíamos, teníamos la capacidad de correr hasta la parada siguiente. Por favor… si mis articulaciones vieran eso ahora.

Cierro los ojos otra vez y le pego un trago a la tisana. Madre mía, madre mía… qué generación la nuestra.

Me es difícil pensar que soy la misma persona que aprendió taquigrafía. ¡Taquigrafía!. Que todavía no sé muy bien para qué servía exactamente, aparte de para convertirte en secretaria de un señor. Y ahora mírame: produciendo videos y trabajando en marketing digital.

¿No me digáis que nuestra generación no ha hecho el mayor triple salto mortal de la historia? Literal, sis (que no bro!)

¡Claro! Estudia taquigrafía que tiene mucho futuro.

Bueno, nada, que ni siquiera se puede una dar un baño tranquila. Estaba yo intentando relajarme cuando me ha venido toda esta historia a la cabeza, así en modo entre melancolía e intensidad. ¡No habrá más momentos que me ha tenido que j*der el baño!

En fin. Me seco y me voy a hacer un aguacate con atún.

Supongo que crecer era exactamente esto y nadie nos avisó.

CAOS CON INTENCIÓN

¡No jodas! ¿Estás escribiendo otra vez? Venga… y empezando con tacos. ¿Qué pasa?
Que tengo cincuenta y tantos y empiezo a entender eso que antes oía de lejos y que ahora ya es un murmullo cercano: a según qué edad una puede y dice lo que le canta. Pues eso.

No voy a venir con la monserga de que he vuelto porque ni siquiera sé si he ido, que la falta de estrógeno me tiene el coco sorbido y está una para poca promesa.

¡Holaaaaaaaaaa! No sé si voy o vuelvo, pero ¡aquí estoy!

Al tema, que me apetecía escribir y aquí estoy. Me acabo de leer a mí misma y… ¡último artículo agosto 2025! Ha llovido, ha granizado y he roto cuatro paraguas por el camino.

Y es que, desde que hace ya casi año y medio que me dedico en cuerpo, alma y falta de sueño a esta aventura que es emprender, impostora mediante, han pasado muchas cosas.

Primero… ¿las malas o las buenas? Las malas siempre. ¡Viva el morbo!

Pues mirad, he perdido al 80% de mis amigas, así plis, plas… ¡hasta luego, Mari Carmen! Y es que no nos damos cuenta, pero cuando somos corporativas vestimos un traje reconocible que da cierta seguridad y apego de grupo. Pero… cuando decides sacarte ese traje y te ven con esa malla ridícula, a lo Superman, que se te pega al cuerpo y que reza “SE” Super Entrepreneur, pues ¡si te he visto no me acuerdo!

¡Venga! ¡Hasta luego!

A mí no me sabe mal. Yo creo que es como cambiar de pantalla. Como si fueras un árbol que, al cambiar de estación y menear el tronco, se le caen las hojas caducas. Ellas siguen siendo majas y yo también, solo que ya no vemos la vida igual… y no pasa nada. Duele un poquillo al principio, pero sana, sana, culito de rana o, lo que a estas alturas de la vida sería: “aguántame el cubata que echo una lloradita”… y seguimos para bingo.

¿Las buenas? Llegó gente maravillosa, que te entiende, te abraza y pierde el sueño contigo. Esa que se pega un brainstorming a tu lado, a ritmo de “lo veo, lo veo”, y que te hace volver a casa con subidón… aunque al día siguiente te levantes, abras el portátil, mires las notas y pienses: “¿esto exactamente qué era?”

¡Qué buena idea, tía! ¡Sí! ¡SiiiiI!

He aprendido paciencia… bueno, o algo parecido, que tampoco me quiero crecer. Y resiliencia, a cascoporro, porque si no, a ver cómo haces para sembrar y sembrar y seguir sembrando sin ver nada. Ni cerca, ni lejos, ni señales, ni un mísero “vas bien, sigue así”. Solo tirando de eso que dicen de “confía en el proceso”. Que yo a veces pienso: ¿el proceso sabrá que estoy confiando en él?

Pero ¿sabe el proceso que estoy confiando en él?

He cambiado trabajar 8h por trabajar 14h, pero pudiendo disponer de mi tiempo. Viajar un martes si me apetece y también trabajar un domingo de sol a sol. Decidir… aunque a veces decidir me deje más cansada que si me pongo a fregar. Organizarme… bueno, llamémosle así, aunque haya días en los que lo único organizado sea el caos con agenda.

Y aun así, aquí sigo. Incluso en los días de “¿pero yo qué hago?”, hay algo dentro que me dice:

TIRA … ¡QUE ES POR AQUÍ!

¡Venga! Pues ya me he desahogado… Dios mío, ¿habrá alguien al otro lado?

¿Hola? ¿Hoooooola…?

BENDITA PAZ CANALLA

Últimamente, la vida me recuerda a esas montañas rusas de feria cutre: no sabes si el grito es de emoción o de miedo… y dura menos de lo que has pagao.

¡Sí! Todo bien, gracias.

No es solo que haya vaivenes y altibajos (que también, que yo ya vengo curtida), es que todo va a velocidad Fast & Furious. Hace nada soplaba las velas de mis 53 y, el otro día, me chamusqué los dedos soplando las de los 54. Nivel de minimalismo tal que ni pastel hubo. Esto sí que es dieta sostenible y no la quinoa.

Este verano lo paso entre mi ciudad y Tarragona. Plan perfecto: conducir un domingo de noche, pestañear… y ¡zas!, es viernes otra vez. Sabina preguntaba quién le robó el mes de abril; a mí me están atracando semanas enteras y encima sin pasamontañas.

Ya es viernes…Ya es domingo…¡Viernes!¡Domingo!

Pero, oye, que mientras me las roban, yo lo estoy gozando como cuando tenía 15 (pero con menos glitter, más ibuprofeno y, por supuesto, sin taconazo). Hemos entrado en bucle de festivales: nos montamos unos looks que engañen al ojo y nos plantamos, cincuentena en ristre, en esa zona donde se aplaude, se salta y se desafina a gusto.

Allí estoy yo, estamos nosotros, TheJones, jaleando al grupo de turno, dándolo todo y rezando para que la cadera no haga clac o las lumbares colapsen.

¿Será esto la tercera juventud?

Luego, entre semana me atrapa el bucle: ¿quién soy? ¿a dónde voy? ¿qué co*o estás haciendo con tu vida? Pues mira, tampoco lo tengo yo tan claro, pero me da que media población tampoco… lo que pasa es que disimula. A mí ya me da un poco igual, porque la vida se ríe de tus planes, el propósito cambia más que el clima y las dudas vienen y van, y de vez en cuando te dan una hostia a mano llena que te lo aclara todo.

“De nada” – la vida.

Así que ahí estoy yo: abanico en una mano, segundo vermut en la otra, mientras el mundo sigue corriendo, voy yo y descubro lo bueno de parar y de disfrutar lo que sí tienes. Echar esas risas con los de siempre, ir a tu chiringuito de playa favorito, cervecita pre-cena, llegar a casa de tus padres y comer como una reina. Esos baños largos en la playa que te resetean. Momentazos que a los 25 ni olemos y que a los 50 sabes que son oro molido.

¡La playa! ¡La vida!

Además, está esa paz deliciosa de tenerlo todo más o menos “bien”. Tu vida, la de los tuyos, tus rutinas que parecen aburridas pero sostienen todo. La normalidad mola más que mil subidones juntos (yo que era fan de vivir exaltada, negaré haber dicho esto).

Conclusión: si me van a seguir robando semanas, que me las devuelvan en forma de entradas VIP. ¡Ah! Y que no me toquen ni un fucking instante de esta paz canalla, que me empieza a saber a gloria.

Jones madurando (o eso parece)