08.07.18 Cajones

El otro día salí de la playa y a mi lado se había colocado una familia con sus dos hijos acurrucados todos bajo el mismo parasol, recogiditos y todos comiendo fruta.

Claro está que debían ser ya las cuatro de la tarde y servidora, que estaba de desfase, aún no había comido y por lo visto hay quien ya andaba por el postre.

Miré a aquella familia y de pronto pensé en mi madre. Y en todos los veranos pasados en la playa de Tarragona en los que juntábamos dos parasoles y los uníamos con una toalla por detrás para procurarnos sombra y echar allí todo el día.

Mi abuelo enterrando la sandía en la orilla para que “se mantuviera fresquita” (que alguna que otra habíamos perdido para siempre), mi abuela leyendo el Lecturas y dando cabezadas, mi padre fumando Ducados y mi madre pelando melocotones.

Prueba frutaSabía que eran las cinco de la tarde porqué mi madre empezaba a pelar melocotones y me llamaba a grito pelao desde la orilla para que saliera a merendar. “¡Que tienes que comer fruta! ¡Que la playa deshidrata!”. Yo, que había esperado las dos horas de turno para reanudar el baño post comida, pues no estaba mucho por la labor de la merienda, la verdad.

A mí me flipa que con solo una mirada se desencadenaran todos estos pensamientos y recuerdos. Trastocá me quedé, que me mira mi marido y me dice: ‘Pero ¿te pasa algo?’. ‘No, no cosas mías’. Que se había destapado la caja de Pandora en mitad de los 80 y me estaba inundando la cabeza a todo trapo. Que hasta canciones de “Los Pecos” me llegaban.

Que digo yo que el cerebro debe ser una ristra de cajones organizados por décadas, por ejemplo, y claro tú una vez lo abre pues sale todo lo que hay dentro de ese cajón. Hay uno por eso que lo tengo cerrado con llave, que es el de los 90. ¡Madre!

Porque como se abra ese cajón y empiece a salir de cuando yo iba disfrazada de Madonna hasta a comprar el pan como si fuera lo más normal del mundo o cuando tuve un arrebato al más puro estilo Britney Spears y me rapé el pelo y después dormí durante 3 días porque quería creer que era un sueño e iba a despertar con mi melena ¡me da un telele! No. No. Hay cajones que mejor no abrir.

Cajones

El caso es que mis abuelos ya no están, mi padre ya no fuma y mi madre se ha hecho instagramer. ¡viva la evolución! ¡Qué cosas tú!

Tener una madre instagramer tiene su miga ¡claro! Que donde antes te llamaba para ver que tal te había ido el día ahora me llama con una ristra de preguntas: que no me carga la foto, que como contesto a los comentarios en inglés, que ya tengo 70 likes por foto. Bueno, bueno, hasta eventos me la llevo ya. Va tan deprisa que ya está empezando a subir stories, le doy dos telediarios para que me pida el canal youtube.

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Y claro que mi padre no entiende que vayamos fotografiando manualidades por casa. Que si “has liado a tu madre”, que si “eso como no hacía pocas cosas ya”.

En fin, sea como fuere que está empezando a despegar y veo que me va a pasar la mano en nada. Bueno, al menos la competencia queda en casa.

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Feliz semana señores. Que estoy segura que muchos de vosotros ya estáis en la cuenta atrás para abrir el cajón de “vacaciones” y que salten por los aires los flotadores a la par que los tintos de verano.

¡Venga! ¡Que lo tenemos!

#YoNoSoyGente #YVosotrosTampoco #CuidadoConAbrirCajones

jones

 

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25.06.18 No me da la vida.

Querido Diario Virtual,

Lo sé, te he tenido abandonado, pero es que como de costumbre #nomedalavida.

Se me acumulan temas y más temas, porque esto de ser curranta y además tener pretensiones de influencer es difícil de combinar.

Ya lo dice mi madre siempre:” Hija mía, lo tuyo no es vida, es un vidón” y añade con un tonito gracioso “Vas a acabar contigo misma”. ¡Eh! Pero yo ahí sigo. Quién algo quiere, algo le cuesta.

Yo no soy gente. Historias reales. Mundo surrealista. Influencer2

Y ahí ando, currando como si no hubiera un mañana e “influyendo” (ayyys, que me da la risa) a ratos como los gatos.

3Fv2jekEl caso es que he vuelto a iniciar mi #Reto21 del que ya os hablé AQUÍ. Pero ahora además lo retransmito por Instagram. Como si estuviera poseída por una entrenadora personal hago las veces de coach y motivo a unas cuantas mujeres (¡todas con un par! Porque comprometerse a hacer ejercicio 21 días sin descanso no es moco de pavo) a la par que me dejo el hígado por las esquinas.

Correr no es fácil. En el primer kilómetro piensas que no vas a poder y yo necesito a Pitbull y toda su artillería pesada cantando por mis cascos a volumen máximo “Don´t stop the party” para superar la primera subida.

Luego como me gusta hacer un trozo de bosque empieza la gimcana esquiva-cacas viejo-caca-chicade perro, que hasta la semana pasada había llevado muy bien, pero finalmente esta me lleve el premio gordo. No digo más.

Y luego finalmente irrumpo en una ruta llamada “Ruta el colesterol” dónde la tercera edad pasea con sus perros por la mañana y ni os cuento lo que me ladran alguno de ellos. Que parece que les moleste yo a los perros y me quisieran saltar a la yugular.

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Una cosa me queda clara, esos abueletes pueden andar tranquilos que sus mascotas los defenderán a muerte, eso sí, los sustos que me pegan son de corazón-en-boca.

El regreso es mejor porque es todo bajada y ahí ya me suelto toda.

Tengo un tirón en la ingle y una cadera desencajada, pero vamos como que me llamo Jones que acabo el reto.

Y luego me ducho, me compongo y a currar, cómo si esos 5 kilómetros no le hubieran pasado a mi cuerpo.

Y a las 5 pm me recompongo, me produzco estilísticamente y caminito de un evento, cómo si esas 8 horas de curro no hubieran pasado por mi cuerpo.

Por cierto, que vuelvo a ser miope. Sí, sí, yo me operé en su día y he sido feliz casi 20 años, pero la miopía ha vuelto y esta vez para quedarse porque dice el medico que mi retina no da para más operaciones. Mira al menos esto me permite ser de las pocas cuarentonas que ve de cerca, porque compenso. Y tiene su gracia porque soy la única de mis amigas capaz de leer la carta cuando vamos a un restaurante.

El caso es que vuelvo a llevar lentillas, pero ahora de usar y tirar. Así que me las pongo solo si el día, la ocasión y el evento lo merece. Si no, voy miope y si no saludo mala suerte.

El caso es que el otro día llegué a casa tarde y en ese estado en que ya casi no eres persona y cuando iba a quitarme las lentillas, una de ellas se escondió en mi ojo, así como por el rabillo derecho. La estuve buscando un rato, pero oye ¡que no había manera! Esto ya me paso otra vez y lo que hice fue echarme una siesta y para cuando me desperté el ojo me la había devuelto pero esta vez no, tú. ¡Qué cosas! Se la ha tragado.

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Que digo yo ¿a dónde habrá ido a parar esa lentilla? ¿Ha pasado a formar parte de mi riqueza interior? ¿Me la devolverá el ojo algún día? ¿La expulsaré por algún otro lugar?

Se lo he contado a mi madre y me dice que posiblemente la expulse por la nariz. Que los canales se comunican. Pues espero que no sea mientras corro, porque con lo importante que es la respiración, estoy yo como para recepcionar lentillas.

En fin, que así estamos y así os lo cuento.  Sigue sin darme la vida, pero prometo volver por aquí la próxima semana.

#YoNoSoyGente #YVosotrosTampoco #JonesATope

jones

 

 

 

CENICIENTA 3.0

Cenicienta, vaya nombre más cutre – me repito una y otra vez. El tema de poner ‘motes’ nunca me ha gustado. Es una forma como otra de etiquetar a la gente.

A mi padre le llamaban ‘El Llanero Solitario’.  De pequeña siempre pensé que era porqué lo consideraban un héroe – al igual que lo creía yo –  pero más tarde descubrí que solo era porque no ponía un pie en casa ni que le mataran. De profesión viajante, sí.  Y solitario. Aunque calmaba su soledad en faldas ajenas necesitadas también de un buen viaje.

Ahora lo llaman ‘el Joker’ porque pasea su sonrisa cuarteada e irónica vaya usted a saber por dónde. Cual vieja gloria se resiste a bajarse del escenario.

Pero cuando murió madre, él rápidamente le busco recambio. Se casó con una bruja egoísta y ególatra, cuya única ocupación es contarse las patas de gallo y gastar espejo.

Y aquí me hallo. Pringada con las tareas de casa y al servicio de dos hermanastras cuya máxima diversión es hacerme mobbing diario.

Lo de limpiar lo voy llevando regular, pero lo de que estas dos falsas, que se creen Barbies sólo porque se han puesto hasta arriba de silicona, vengan a cada rato a tocarme la moral, me pone muy nerviosa. Por la noche les hago vudú con una muñeca que me he hecho de bayetas viejas y estropajos roídos, pero mucho efecto no les hace, desafortunadamente. ¿Dónde está padre? Perdido, MUY perdido.

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Un día mi madrastra, que solo se dirige a mí para otorgarme nuevas tareas o insultarme sin miramientos, me reúne junto a las Barbies para anunciar lo que ella califica como el ‘eventazo’ del año. El príncipe del lugar – azul para más señas – busca esposa. Flipo.

Silvestra y Sofaina saltan como dos locas a las que les hubiera tocado el Euromillón mientras sus dos globos ni se inmutan. Se contonean creyéndose Jennifer López mientras pasean su culo raqueta pasillo arriba, pasillo abajo. Tienen más autoestima que Borja Thyssen y todavía menos cerebro que él. Pobres.

A mí lo de un baile en palacio me parece una cutrada. Seguro que el príncipe tiene una event planner que le ha organizado todo el cotarro:  decoración adecuada, catering de primera, un buen Disc Jockey. Así pues, ¿cuál es su mérito? Aparecer allí. Buff.

El tema en su conjunto me trae a la cabeza las ferias de ganado de las películas del lejano Oeste.  ¿En qué se va a basar la elección?¿Nos van a mirar los dientes como a los bueyes?

Al final, parece que a este pájaro solo le interesa tener a alguien en casa para salir bien en la foto, salvaguardar la corona e ir acompañado a las obligaciones reales. Me lo veo venir que es de los de salir  todas las noches en su moto, a lo Ghost Raider en busca de princesas destronadas ávidas de consuelo y batallita para el recuerdo.

Yo es que no me veo retirada de la vida social, dedicándome a mis labores y a la agenda de palacio. Menudo machista pinta. Tengo mejores planes para mi futuro: abrir una tienda de zapatos en el reino. Louboutin a ser posible. Hay público objetivo en la corte, eso lo tengo claro. Todos esos mamelucos arrogantes que tienen un ego del tamaño del Everest fijo que comprarían.

Pero me puede la curiosidad y el ‘y si…’. Vale. Es una forma muy fría de buscar pareja pero más triste es acabar en Tinder. Además, dejaría de vivir con las fuerzas del mal en versión mujer. Compro.

Pero yo no voy. Prohibido. Ahora descubro que  sólo me querían en la reunión para que escuchara y me fustrara. Me han subido hasta el ático para lanzarme al vacío.

Bye Bye ilusiones.

Llega el día y las plasticosas se esfuerzan por ponerse monas. No, si monas ya son. De hecho, con esos brazos largos como dos remos que les llegan a las rodillas parece que las estoy viendo hacer el baile del gorila de un momento a otro. Esperemos que el príncipe tenga algo de criterio. Ellas carecen de él.

Las veo salir por la puerta y regocijarse en mi descontento. Me voy a mi cuarto. Hoy va a planchar Rita. Lloro desconsoladamente de rabia y frustración. Cero posibilidades. Me sobreviene de pronto un instinto asesino de aquellos que no dejaría títere con cabeza. Fantaseo con la idea de entrar en el baile con una recortada y aturdir al personal allí presente. Tomaría rehenes. Bebería vino. Secuestraría al príncipe…

De pronto veo cómo una silueta se aparece ante mí. Como un espejismo. Reconozco que he ahogado mi pena en chinchón, pero desconocía que dos chupitos dieran para tanto. Es una señora y va va monísima. Lleva un traje Chanel en color azul palo y unos mocasines a juego y además habla con un acento francés exquisito.

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Cual genio de la lámpara me concede tres deseos y ella pondrá una condición. Primero los deseos, me lanzo en barrena: Quiero ir al baile, en limusina, vestida de Dolce & Gabbanna. Me doy cuenta que acabo de sonar banal total, pero me importa entre un rábano y dos. Estoy harta de ser realista, correcta y hacer lo que se espera de una. Hoy quiero brillar, soñar y practicar la frivolidad gratuita.  Hartita de portarme bien.

La tipa en cuestión lleva en la mano una especie de vara de madera – la verdad muy poco sofisticada y que no le va nada al look – con la que hace unos movimientos a mi alrededor como si me estuviera limpiando el aura. Cuando ya me estoy quedando bizca de seguir el aparatejo puntiagudo en cuestión… ¡tachan! Me miro en el espejo y muero de fashionismo.

Enfundada en un vestido azul petróleo de crochet me siento como Penélope Cruz a punto de recoger el Óscar. Levanto mi clutch nacarado y me veo a mi misma diciendo: “Madre, va por ti. Hoy no me para nadie”. Ahora la condición. Oops. Me había venido tan arriba que ni me acordaba. A las doce la limusina será un Nissan Micra y mi atuendo será un lacio vestido zarrio de Zara. Acepto.

Llego al baile y lo peto. Suena Alaska y lo doy todo en la pista. “¿A quién le importa lo que yo haga? ¿A quién le importa lo que yo diga?”. Los Jimmy Choo me están destrozando los pies, pero yo no puedo parar. Viene el príncipe que, para mi sorpresa no solo no es azul, que hasta parece majo y se lanza a bailar a mi lado. Suena ‘Living la vida loca’ y enloquecemos juntos.

Me invita a una copa. Es un tipo salao salao. Con melena tostada y aires sureños. Me da que hasta me está gustando. Reímos y charlamos. Mientras, de tanto en tanto, miro por el rabillo del ojo a mis hermanastras que se comen los mocos. Lo siento, pero me alegro y me vacío otra copa. Al tercer gin-tonic estamos a punto de darnos un pico y entonces suena la primera campanada que anuncia la media noche.

La torrija que llevo me impide pensar claro, pero recuerdo algo en relación a las doce. ¿que era? ¿Qué era? De golpe, me viene. Echo a correr como si me persiguiera un rottweiler y cuando me quedan tres escalones beso el suelo de palacio. Golpe inhumano y moratón al canto, lo veo. Se me sale un zapato. Alargo la mano, yo por un Jimmy Choo, cual Belén Esteban, maaaato. Pero veo al príncipe bajar los escalones de tres en tres, así que me levanto, recojo mi dignidad magullada y a la pata coja, huyo como un flamenco.

Pero el príncipe se ha enamorado de mí. Lo va diciendo a bocajarro desde su trono. Están buscando a la propietaria del zapato perdido. Lo tengo escondido detrás de los mochos en el cuartito de la limpieza. Es lo único que me quedo de aquella noche. Bueno, el vestido de Zara también, pero es feo de matar y lo voy a vender en Wallapop.

No nos engañemos, a mí el príncipe también me gusta. Es un tipo especial. Una mezcla entre Chayanne y Colate que da como resultado un pijerio sabrosón.

Suena el timbre y el séquito real anuncia la llegada de su majestad. Las Barbies intentan meter su pie tamaño XL en mi 35. ¡Mira! Nunca pensé que iba a ser una ventaja tener un pie de bolsillo.

Sufro mientras pienso que me van a reventar mis Jimmys de tanto apretar su pezuña. Rechino los dientes más que Rocinante ahogando el deseo de soltar dos leches a mano vuelta y gritar un: “¡que no! ¡que no os cabe vuestra garra de tiranosaurus en el maldito zapato!”. Desisten. Por el amor de DIOR, gracias.

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Y entonces aparezco. A pesar de los harapos me siento el ángel más bello de Victoria’s Secret. Alessandra Ambrosio escondería la cabeza cual avestruz a mi paso celestial. Meto el pie con una dignidad infinita en MI zapato y sonrío al príncipe, MI príncipe.

Nos miramos, la tensión sexual se dispara y decidimos irnos al galope en su caballo blanco en busca de intimidad. Lo de la boda está por ver. De momento nos urge un Motel.

Antes una última mirada a Maléfica y compañía. Juraría que además de la mandíbula se les han caído las siliconas. Mala suerte.

#YoNoSoyGente #YVosotrosTampoco #YCenicientaMuchoMenos

Ilustraciones by Víctor García Fernández (1000 gracias!!!)

Texto by:

jones yonosoygente

28.05.18 Botox sí, Botox no.

Querido Diario Virtual,

Me han cogido todos los males. No sé qué me ha pasado esta noche. Ayer me acosté siendo una madurita interesante y me he levantado siendo una abuela apuntalada.

Que sí, que sí. Que a mí me parece bien, lo de que a esta edad lo que vende es el carisma y la personalidad. Y de hecho doy fe, pero…

A ver que tendrá que ver la velocidad con el tocino. Me siento carismática y potente. Pero apuntalada por todos los costados y con riesgo de derrumbamiento.

Estoy pensando seriamente en el Botox. Y me preocupo a mí misma. No es que yo predicara: “yo no, nunca”. Era más bien de “quizás”. Pero ahora estoy muy obsesiva con el tema.

Que voy por la vida mirando a la cara a la gente e intentando adivinar si llevan sus arrugas de serie o se han rellenado alguna. A mí no me molestan mis patas de gallo, bueno un poco sí.

Tampoco los mofletes se me están cayendo cual perro San Bernardo, aunque preferiría estar estiradita como un galgo.

A mí lo que me molesta son los surcos de la frente que parecen un campo arado. Que entre uno y otro hay profundidad para que quepa el tractor amarillo  y uno de color verde a su lado.

A ver el problema que yo le veo a todo esto es que Belén Esteban, a modo nacional y Nicole Kidman en el apartado internacional han hecho muy daño porque se han convertido ambas en el muñeco diabólico. Pero mira ahí tenemos luego a nuestra Pe que sus estiramientos se habrá hecho pero sigues siendo capaz de reconocerla por la calle.

Por si fuera poco, tengo además que superar el miedo a la aguja. Porque claro que digo yo que el botox no te lo escancian como la sidra sino que te lo ponen con tremenda jeringa que ni los yonquis de los noventa.

Tendré que hacer meditaciones sobre la aceptación. Quince minutitos para aceptar todas las canacas que se resisten hasta al tinte más potente. Quince minutitos para los flotadores rollizos que ahora mismo me salvarían de cualquier naufragio. Quince minutitos para los columpios de los brazos, quince para las rodillas arrugadas… ¡A ver! Echad cuentas. Necesito una jornada laboral solo para meditar y aceptar todo lo que se me está viniendo abajo.

Eso  o convertirme en mi hermana adolescente del tirón y dejar de pensármelo tanto. Bueno me he dado de margen hasta verano para pensármelo. Si me atrevo no sé si lo contare. Así que si nos cruzamos por la calle y no me reconocéis ¡ya os saludare yo!

#YoNoSoyGente #SoyUnSanBernardo #VivoApuntaladaConRiesgoDeDerrumbe

jones