El arte de comer del plato ajeno (o ser una tocapelotas de manual)

Hay cosas en la vida que son inevitables: que llueva justo cuando sales sin paraguas, que el café se derrame en la camisa blanca, y que, si estás en pareja, vas a querer su comida. Es un hecho. Nadie está a salvo del fenómeno paranormal del “lo tuyo se ve mejor”.

Uhmmm! Esto va a estar más bueno que lo mío, ¡fijo!

El ritual siempre es el mismo. Analizas la carta como si fuera un examen de la selectividad, te haces la interesante con un “Me apetece algo ligerito”, pides tu ensalada (o lo que sea que en ese momento crees que es la mejor opción) y, justo cuando llega la comida, pum, desastre: su hamburguesa con queso derretido y bacon crujiente te mira con lujuria. Mientras, tu ensalada te devuelve la mirada con un “tú te lo buscaste, reina”.

Y aquí es donde empieza el circo. Tenedor en mano, mirada de falsa inocencia, y la frase universal que todo el mundo conoce: “Solo un bocadito, amor”. Pero amor ya lo sabe. Amor ha vivido esta guerra antes. Algunos intentan defenderse con preguntas trampa antes de pedir: “¿Segura que no prefieres esto?”.

Otros ya han evolucionado y piden pensando en ti, resignados a que una parte de su plato será sacrificada.

Y luego están los que, sin decir nada, deslizan el plato hacia ti con un suspiro de derrota: “Toma, mi amor, quédate el mío”, mientras en su cabeza resuena un “no, si ya lo sabía yo…”

(efectivamente #Sargento ya está en esta sacrificada zona).

Y esto no es solo cosa de pareja, no. Las amigas también lo sufren. Esas que ya te tienen calada y ni se inmutan cuando ven tu cuchara merodeando su postre. Es más, te miran, sonríen y hasta te parten el bocadito perfecto, porque ya saben que la lucha es en vano.

Amiga, te cojo sólo una cucharadita. Ya sabes que yo no como postre…

Ahora, en nuestra defensa: esto no es egoísmo ni indecisión, esto es instinto de supervivencia gastronómica. Es amor, es compartir. Y la vida, después de todo, está para disfrutar cada bocado… aunque no sea el nuestro.

Y si esto no es saber vivir, que baje el chef y lo confirme. Vaaaa! ¡Confesad! ¿Cuántas lo hacéis?

#JonesEsUnPocoTocapelotas #YoNoSoyGente #YvosotrasTampoco

¿Eres una Señora? 5 Señales Indiscutibles

ME PONE MUY NERVIOSA TENER QUE HACER COLA.
Pocas cosas ponen más a prueba mi paciencia que una cola. Me hace cuestionar el sentido de la vida, la organización social y si realmente necesito lo que estoy esperando comprar.

 ¿Necesito comer hoy? ¿Y si fuera el momento de empezar el ayuno intermitente? ¿Por qué avanza tan lento? ¿Por qué siempre hay un ninja que se cuela? ¿Por qué justo ahora la persona delante decide pagar con céntimos y reflexionar sobre su existencia?

Estas y unas cincuenta preguntas más van cayendo en mi cabeza, cual fichas de dominó.

A veces pienso en llevar una silla plegable o contratar a alguien para que haga las colas por mí. Y entonces, la persona que ya parece que va a acabar, (spoiler: pero-que-aún-no), me mira y me sonríe con un “ya casi estoy”. La miro e intento esbozar una sonrisa, pero me doy cuenta claramente de que debo parecer el hermano gemelo del Joker. Apaga. No va a colar.

Nada, nada, tranquila. No hay prisa…
HACER YOGA ME ESTRESA
Dicen que el yoga es paz y equilibrio. A mí me conecta con el estrés. Que si respira, que si estira, que si toca la punta del pie (¿Perdón?).

Mi punta del pie queda a cinco kilómetros de mi persona, no podría tocarla a no ser que fuera parte del elenco contorsionista del Circo del Sol, cosa que ahora mismo no me está pareciendo una prioridad.
Sólo me falta mi mente preguntando: ¿para qué te metiste en esto? ¿Y falta mucho para que se acabe? Y aún me pongo más nerviosa.
Cuando por fin llega la relajación, pienso: “Vale, esto sí lo puedo hacer”. Y justo cuando empiezo a disfrutar… ¡Ding! Se acabó la sesión. Namasté y hasta la próxima tortura.
¿La próxima? ¡Ja! La próxima me pilla sentada en un tren camino de Sebastopol. Palabrita. A mí ya me han visto bastante. Pienso quemar las mallas y todo.

Mantenemos el equilibrio, respiramos… (¿todo a la vez?)

EL RUIDO ME MOLESTA MÁS QUE NUNCA
Un restaurante con música alta, alguien hablando a gritos en el móvil, la moto que pasa rugiendo como si estuviera en una carrera de MotoGP…
Tranqui! Aíslate ¡Lo vas a superar!

Antes lo ignoraba, por lo visto mi mente lo debía procesar de diferente manera. Ahora, mi umbral de tolerancia está al nivel de una abuelita con un bastón, dispuesta a pegarle a alguien. No sé si me he vuelto rara, pero ahora mismo mi paz mental vale más que un reggaetón a todo volumen.

Si no puedo oír ni mis propios pensamientos, ¿cómo voy a planear mi venganza contra la persona que está viendo vídeos sin auriculares en el metro? De las videollamadas en directo, ni hablamos…

EL ENTUSIASMO AJENO A PRIMERA HORA ME SUPERA
¡Ojo! Cuidado, que para entusiasta de la vida, ¡YO! Pero no a las 7 a.m. y no sin café. Por favor, un mínimo de respeto si no queremos desencadenar una tragedia.

Esa gente que empieza el día con un “¡Buenos días!” energético, sonrisas y un tono de presentador de televisión ¡a esas horas de la mañana! Esa es gente peligrosa.
Aún no ha salido el sol, aún no he procesado que estoy viva, aún no recuerdo ni qué debo hacer hoy… ¡No estoy preparada para escuchar la historia completa de cómo tu gato aprendió a abrir puertas!
A esas horas, solo tengo dos estados:

  1. “Dame café y luego hablamos”
  2. “No me hables y todo irá bien”.

Por favor, no arriesgues.

Arriesgaste!
VIVA EL TARDEO
Amigas, admitámoslo, hemos cruzado esa línea sutil entre la juventud despreocupada y la adultez que busca el máximo confort en cada decisión.

Ahora no me verás a las 3 a.m. en ningún otro lugar que no sea mi cama. Eso sí, me puedes encontrar a las 5 p.m., copa en mano, disfrutando del sol y de una charla sin prisas: The REAL tardeo.
Actualmente mi medidor de planes se activa en función de cuántas horas de sueño me van a robar y cuántas risas voy a echar. Y en función de como salga la ecuación veo salida o veo Netflix y ¡oye! Sin despeinarme.

Y así, amigas, hemos cruzado al lado luminoso de la vida adulta. Confesad ¿3? ¿5?

No importa. ¡Os espero para celebrarlo! Besazos de Jones.

#YoNoSoyGente #Ytútampoco

Menos estrógenos, más historias: la vuelta de Jones

Ha vuelto Bridget. Y, aprovechando, vuelve también Jones.

Ambas con más arrugas y menos estrógenos, pero con las mismas ganas de hacer de esta vida un vidón. Tenía mono de soltar por aquí todo lo que pienso, que llevo mucho con el piquito apretao, pero es que la menopausia, la verdad, me ha arrasao. ¡Uff! ¡Que me ha quedado un pareado! A ver si voy a tener nuevos dones y yo sin saberlo…

Nenas, nenas, ¡bicho malo nunca muere! Ya lo decía mi abuela. Y tenemos todas claro que yo soy malísima. Así que volvió la bicha, volvió Jones: rodillas tocadas, pero lengua bien afilada.

Sí, queridas, he vuelto. Con más dolores de espalda que sueños húmedos, pero con la certeza de que aún tengo muchas cosas que decir. Porque si algo nos da la edad –además de la facilidad para localizarnos cualquier contractura en menos de cinco segundos– es el descaro de hablar sin filtros.

El ojo un poco ‘pipa’ pero estoy bien, eh!

Y hablemos claro: esta etapa de la vida es un giro argumental que ni en las mejores novelas de misterio. Nadie te prepara para esto. Un día estás fresca como una lechuga y, al siguiente, te despiertas sudando a las tres de la mañana como si hubieras corrido la maratón de Nueva York en bata de guata.

El metabolismo decide jubilarse antes que tú, el pelo se vuelve más fino que tu paciencia y los sofocos… Ah, los sofocos. Esa sensación de arder en el infierno sin haber hecho nada lo suficientemente malo como para merecerlo.

¿Hace calor o me lo parece?

Sea como fuere, ahora que tengo el tema un poco más dominado y unos mínimos restablecidos, me he dado cuenta de que necesitaba soltar todas esas cosillas que me hierven en “mis adentros”. Estaríamos, ante una NUEVA ERA.

¡Flipa! ¡Ya lo he dicho! Espero, con tremendo hype que acabo de soltar, estar a la altura.

Lo que está claro es que no hay mal que cien años dure ni cara que resista bótox sin acabar pareciendo la novia de Chucky. Así que, ya que estamos de vuelta, vamos a reírnos de la vida, de nosotras mismas y de esos veinteañeros que quieren darnos lecciones sobre “el poder de la manifestación” mientras aún no saben freír un huevo.

Que os digo yo, que, si ahora mismo pudiera manifestar la cena hecha, me daba con un canto en los dientes. Llamadme simple, pero firmaba ahora mismito.

Así que preparaos, porque la Jones ha vuelto. Con menos estrógenos, pero con más historias. Por cierto, publicaré a mi ritmo, porque a estas alturas no me mete nadie en vereda. Bastante tela que cortar trae la vida como para meterle presión extra. ¿No os parece?

Atentas, que esto se va a poner interesante…

Lo que os echaba de menos queridas. Besazos de Jones.

#YoNoSoyGente #YVosotrasTampoco

¡Que corra la pólvora, compañeras!

Y no lo digo porque seáis unas petardas, que igual, mira un poco también todas sino porque ¡hay que quemar cartuchos señoras! Deberías saltar de una etapa a otra, sin que te quedara una triste bengala en la caja. Todo quemado. Aniquilado. Explotado.

Y lo digo porque me encuentro en mi trabajo compañeras de 25 que no las sacas del Manta-Netflix y el “los findes son para descansar” y cincuentañeras haciendo twerking que me da dolor de caderas solo de verlas. Lo que mola es pasar de etapa con los deberes hechos para que luego no eches nada de menos y no aparezcan los fantasmas del “Y si hubiera…”.

¡Vamos compañera! ¡Sal un poco! Life is not only Netflix…

Mira, tienes la infancia para partirte la crisma. Caerte y levantarte. Los niños son de goma y aunque tu no te acuerdas, tú también lo has sido, de goma digo que niña por supuesto.

Robarle los juguetes a tu amiguito, pegar alguna que otra patada en la espinilla, echar tierra a los ojos, merendar nocillas y, en mi época no, pero válgame Dios ahora, las extraescolares que van a tener que quemar los niños de hoy en día.

Las fascinación de no conocer el riesgo

Y luego ya de cabeza a la adolescencia, a tener un pavo que ni te aguantas. A empezar a catar el alcohol, a darte el primer morreillo, a dormir en casa de tus amigas, o no. La disco, maquillarte junto a tus colegas y a hablar del buenorro de turno con tu best friend. Todo es una fucking fiesta porque tu cuerpo tiene un aguante que, tú aún no lo sabes, pero no tendrás nunca más.

Tía, ¡tenemos nuevo pintalabios para este finde!

De los veinte para adelante antes independizarse, ahora como mucho compartir piso. Escoger carrera, la Uni y sus fiestas, sus buenas borracheras con sus resacas y sus cafés con sal para espabilar. Despertar en la cama equivocada con la compañía equivocada. Trasnochar. Fiestear. Viajar. Vivir fuera de tu país. Hacer dos mil amigos.  Quema, quema, quema cartucho. Que después igual ya tienes muchos lazos para subirte a un tren cualquiera así como así.

Tía, tía ¡no te vas a creer donde he amanecido!

A partir de los 30 los caminos se bifurcan si tienes hijos pues tienes un pack de experiencias y si no os tienes pues te toca otro. Pero bien llevada es una buena época. Tu estas fuerte de cuerpo y con la patata un poco más centrada. Tienes planes, proyectos y curro, mucho curro. Yo diría que es la época de máximo esfuerzo en la vida porque cuando estás ahí es cuando hay que menear la sartén…

Sí, bueno, todo bien, tranquilita, voy haciendo y tal….

A los cuarenta si todo ha ido bien, deberías tener pareja, piso y un curro apañado, amen de los hijos medio crecidos para que no se hagan adolescentes cuando ya te estas jubilando. Esto es lo que marcan los cánones de la “normalidad” pero ¿y quién quiere ser normal? La realidad es que cada uno llega como puede: con un piso alquilado, sin coche, divorciado o con una docena de gatos en el salón. Pero lo importante es llegar.

¡Claro, sí! Tengo unos pequeños ahorros…

Si has ido quemando cartuchos adecuadamente ¡bien! porque los 50 son más de sentarte a ver los fuegos artificiales de tu trayectoria que de hacer la petarda. Y a disfrutar señoras, a disfrutar y a gozar esta etapa también. Que es época de recolectar lo sembrado.

Estoy lista. ¡Que empiecen los fuegos artificiales!

Excepto si te dejaste cartuchos en la recamara. Porque son como un boomerang ¡siempre vuelven!

En cuyo caso te vienen los “creo que no he vivido una vida intensa”, “he viajado poco”, “yo lo que quiero es salir de fiesta” o “me siento muy atada”. Y claro no esta el cuerpo para inter-railes, la cuenta corriente para fiestas ni el hígado para mucho alcohol. Y eso pesa.

Y ahí se lía la troca, porque te apetece algo de otra etapa. Que se puede hace ¡sí!  pero ya pagando peaje. Que la última vez que me dieron las 3am fuera de casa, tarde dos días en acordarme de mi nombre.

¡Quema, quema, quema! ¡Quémalo todo nena!

Así que compañeras de cualquier edad y etapa. ¡A quemar lo vuestro! ¡Que corra la pólvora! ¡Que no quede nada en la recamara! A tirar hasta la última bombeta.

Yo no es que haya llegado con todo quemado, ¡es que ni el mechero me ha quedado!

JonesONFire.

#YoNoSoyGente #YVosotrasTampoco.