07.07.19 EL APARTAMENTO

Esta es la historia de un viaje a Rusia un poco peculiar.

San Petersburgo. Un apartamento. Dieciséis personas. Ocho habitaciones. Una nevera repleta de vino y vodka. Añade patatas fritas y Nocilla en la cocina.

Este es el punto de partida de lo que podía haber sido una edición a la rusa de Supervivientes pero que cabo siendo un divertido Camarote de los hermanos Marx.

Y es que así, a priori, la idea de mezclar gente de los 47 a los 85 años que no se conoce de nada puede parecer una locura. Algo que, efectivamente, solo una loca salvaje de esas que cree que todo es posible puede organizar. Un delirio un poco difícil de explicar. Pero, oigan… ¡que funcionó!

Este ha sido uno de esos viajes hacía fuera, concretamente a Rusia; pero sobre todo ha sido un viaje hacía dentro.

He descubierto que la vida es la vida a cualquier edad, que las parejas se quieren y se cuidan a pesar de las arrugas y las canas. Que las amigas que envejecen juntas se apoyan y se miman. Y que la, vamos a llamarla juventud, entre las que me encuentro, sintonizamos a la primera y compartimos inquietudes como si de toda la vida.

He visto señoras de edad respetable saltar vallas de metro conmigo, hacerme de estilistas improvisadas en un mercadillo. Corear un concierto ruso en plena calle.

Señoras de pelo blanco gastando más estilo que la Crawford en sus años mozos. Y otras bailando reggaetón en la cocina. Como si no hubiera un mañana. Que lo hubo.

Y nos dormimos.

He salido corriendo con un Starbucks en la mano porque no sonó el despertador y también he desayunado tranquilamente en la cocina inflándome de Nocilla a lo majara. Ha habido cenas tan copiosas que ni las del Cesar en la antigua Grecia y otras de mojar aceite y pan, literalmente.

Noches de supermercado buscando helado y también noches de glamour y vinos en busca de jazz.

Lecturas. Museos. Visitas. Cultura.

Risas. Cachondeo. Vodka. Y fotos a granel.

Es el precio de infiltrar una instagramer, así como quien no quiere la cosa, en el grupo. Que una intenta disimular, pero desenfundo rápido la cámara y soy de disparo fácil. Vamos, que se me ve el plumero a leguas.

Dicen que una nunca vuelve igual de los viajes. Que cada uno de ellos nos cambia un poco. Este ha sido un viaje que me ha dado la vuelta por dentro. Mucho ruso en Rusia. Y mucha gente maravillosa en el apartamento.

Gracias a todos y cada uno de vosotros por compartir conmigo un “ratito” de vuestras vidas. Y sobre todo gracias Marga por pensar en mí y enseñarme a ser inclusiva siempre.

Pero, sobre todo, gracias por creer que estas locuras son posibles. Que lo son.

Esta es la verdadera vida.

Gracias Marga. Siempre habrá un antes y un después de San Petersburgo.

 

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