22.04.21 Estoy que me VUELO toda.

Hace casi año y medio que servidora no coge un avión. Claro que el inicio de esta frase podría ser aplicable a casi todo en estos momentos. Porque ya sabemos, que desde que Don Corona se instaló entre nosotros, hace mucho de todo para casi todos.

El caso es que me pongo yo, feliz de la vida, a hacer la maleta y ¿qué me cuentas? ¿qué me llevo? ¿cómo solía vestirme yo antes de que mi vestuario se convirtiera en sport-casual? Para ser más clara: en chándales, tejanos y bambas. ¡Ah, no! calla. Sneakers que mola más.

¿Cómo salía yo a la calle en mi día a día? ¿era de llevar mucha falda? ¿sandalias de colores? ¿bolso a conjunto?

Me no recordar nada.

Una camiseta para cada día, una por si se ensucia, ésta que pega con el jean, esta para cuando…

Que he tenido que ir al trastero y abrir todas las cajas con zapatos para recordar que es lo que llevaba yo cuando llevaba tacón en verano. Apaga.

Que nos hemos puesto todas muy cómodas y el pie anda muy ancho desde hace no pocas lunas, para ahora de pronto meterlo en vereda.

¿De verdad yo solía llevar ésto?

El caso es que me he dado cuenta de mi desoriente estilístico actual en el momento que no daba yo pie con bola haciendo un conjuntico digno.

¿Y el neceser de viaje? Jabón y arrea. No, calla que habrá en el hotel. Desmaquillante, base, un pintalabios… ¿rímel? Uyss. Quita bicho. Que ya ni me acuerdo de cómo se aplica. En los labios brillo que total no se ve con la mascarilla. Medio neceser me ha sobrado.

A ver… que yo recuerdo que ponerte rímel era fácil… ¿o cómo era?

Bueno, bueno y otra historia ha sido reducir mi vida de la próxima semana en ese cubículo con cremallera. Acostumbrada a solo viajar en coche los últimos días (ejem, año) y teniendo el Seat Ibiza familiar un maletero, que puedes cargarte a una banda de narcos y meterlos todos ahí camino del lago más cercano…

¿Qué te dejas? ¿Qué te llevas?

Vale. Tranquila jones. Igual te estás poniendo un poco nerviosa.

Estaba yo dándole vueltas ayer a estas dudas #primermundistas cuando me dice el Sargento: “Oye, ¿nos darán de comer en el avión?”. Cada loco con su tema.

A ver, la suerte que tiene el sargento es que la genética le acompaña, porque el efectivamente come cada dos horas. Ósea 12 veces al día. No se le queda una pizquita de hambre por resolver.

Eso me lo aplico yo y ya no se me verían los ojos de la cara, hundidos en los mofletes que habría criado.

Total, que tuve que contactar con una amiga que es azafata de Vueling y me confirmo que “sí”, que “de pago” pero se come. Ya respira aliviado.

No obstante, se ha hecho un pequeño picnic personal: “No sea que a todo el mundo le de hambre en el avión y no llegue para todos los pasajeros”. Eah! Amárrame esos pavos.

Espero que sigan sirviendo botellitas de vino en el avión.

Pues eso, que estoy me que VUELO toda. Que hasta mariposillas tengo en el estómago.

Que me da a mi que fijo me dejo algo por poner en la maleta. Pues excusa tengo para el gasto y el aporte económico a otra comunidad.

Que no creo yo que mi pezuña quepa en las sandalias. Pues un número más. Porque para mí que, al igual que mi cuerpo, mi pie también ha echado carne.

Que menos mal que no nos pesan a las personas, porque a la vuelta yo pagaba extra seguro y por supuesto me tendrían que embarcar en bodega.

Ayss, compis, que esto despega. Y estoy atacaíta toda. Y eso que lleva Jones viajando por el mundo desde los diecisiete. Anteayer, concretamente.

Os dejo solas una semana, portaros bien, que espero traer muchas anécdotas que contaros.

Besos gordos de #JonesOnTravel.

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