Ha vuelto a suceder. Otra vez. Ayer de nuevo me fuÍ a dormir con una lentilla perdida dentro de mi ser. Llegué a casa después del vermut con la pretensión de quitarme las lentillas para echar una siesta de esas de pijama y baba como rezan los domingos, pero… ¡no queridas!
Salió la del ojo derecho y la del izquierdo. ¡Aysss compañeras! Se fue de turismo interno.
Decidme, por favor, que a alguna de vosotras también le ha pasado. Me levanté de la siesta, pasó la tarde, llegó la noche y ni rastro de la susodicha. A ver, ¿a vosotras os parece normal? Pues ha dormido conmigo. ¿Tantos recovecos tiene el ojo humano?
#AysMadreQueLaHePerdido
Hoy me he levantado con el ojo “colorao” y un dolor de cabeza aluciflipante: La lentilla que ha llegado al cerebro, he pensado. No puede ser otra cosa. Bueno mira, a ver si así lo veo todo más claro… ¡pero no!
Cómo 11h de la mañana y mientras estudiaba frente al ordenador, ha hecho un triple salto mortal y se ha suicidado contra el teclado. Atropéllame camión: Lentillas con vida propia y carácter revoltoso. Lo que me faltaba.
Y es que debería abandonarme a mis gafas-de-ver y fin de lentillalandia, pero es que yo con gafas me veo de todo menos interesante. Me dan un aire abuelil que, si encima me pillan con cuatro canas, A-P-A-G-A.
Y claro está una al borde de la quinta planta y con la crisis de los cincuenta soplándole en el cogote, cómo para abandonarse.
Bueno, compañeras, me voy a ver el capítulo 4.506 de una serie turca a la que me enganche el verano pasado. Y ahora sí que me pongo las gafas, ¡que están los protagonistas para mojar pan!
Si no os saludo por la calle no me lo tengáis en cuenta. Miope si, fea nunca.
Good night, mis queridas.




